
Sueño
del marinero
Yo, marinero, en la ribera mía,
posada sobre un cano y dulce río
que da su brazo a un mar de Andalucía,
sueño ser almirante de navío,
para partir el lomo de los mares
al sol ardiente y a la luna fría.
¡Oh los yelos del sur! ¡Oh las polares
islas del norte! ¡Blanca primavera,
desnuda y yerta sobre los glaciares,
cuerpo de roca y alma de vidriera!
¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,
bajo el plumero azul de la palmera!
Mi sueño, por el mar condecorado,
va sobre su bajel, firme, seguro,
de una verde sirena enamorado,
concha del agua allá en su seno oscuro.
¡Arrójame a las ondas, marinero:
-Sirenita del mar, yo te conjuro!
Sal de tu gruta, que adorarte quiero,
sal de tu gruta, virgen sembradora,
a sembrarme en el pecho tu lucero.
Ya está flotando el cuerpo de la aurora
en la bandeja azul del océano
y la cara del cielo se colora
de carmín. deja el vidrio de tu mano
disuelto en la alba urna de mi frente,
alga de nácar, cantadora en vano
bajo el vergel azul de la corriente.
¡Gélidos desposorios submarinos,
con el ángel barquero del relente
y la luna del agua por padrinos!
El mar, la tierra, el aire, mi sirena,
surcaré atado a las cabellos finos
y verdes de tu álgida melena.
Mis gallardetes blancos enarbola,
¡Oh marinero!, ante la aurora llena
¡y ruede por el mar tu caracola!
RAFAEL ALBERTI

PIEDRECITAS EN LA VENTANA
De vez en cuando la alegría
tira piedritas contra mi ventana
quiere avisarme que está ahí esperando
pero me siento calmo
casi diría ecuánime
voy a guardar la angustia en un escondite
y luego a tenderme cara al techo
que es una posición gallarda y cómoda
para filtrar noticias y creerlas
quién sabe dónde quedan mis próximas huellas
ni cuándo mi historia va a ser computada
quién sabe qué consejos voy a inventar aún
y qué atajo hallaré para no seguirlos
está bien no jugaré al desahucio
no tatuaré el recuerdo con olvidos
mucho queda por decir y callar
y también quedan uvas para llenar la boca
está bien me doy por persuadido
que la alegría no tire más piedritas
abriré la ventana
abriré la ventana.
Mario Benedetti
EL DIÁLOGO DEL VIONILISTA
Vestido con un elegante traje de chaqué e iluminado por una suave luz que parece emanar de él, camina con paso firme hacia su silla. El público espera silencioso y expectante; el hombre toma entre sus manos el preciado instrumento y en un momento, comienza con infinito amor, a tocar.
Una sombra cubre sus ojos aumentando la sensación de irrealidad; la coordinación entre músico e instrumento es tan fuerte que por momentos la unión es perfecta. Sólo un cuerpo; mitad vida, mitad embrujo.
La música del violín se eleva fastuosa y el aire parece estremecerse por un segundo, mientras busca acoplarse a la melodía. Un sonido envolvente, casi hipnótico se escurre hacia las butacas de las primeras filas. La melodía se vuelve dulce, tormentosa, alegre, triste, embriagadora... a medida que la magia de los pentagramas se descubre. El alma del violinista se descarga como una lluvia de reflejos por las finas y tensas cuerdas y atraviesa cual saeta las otras almas que escuchan subyugadas, despojadas en cada acorde, con la más perfecta de las técnicas. Los balanceos de la música se convierten en razones de vida y amores perdidos, en melancólicos llantos y abrasadores odios, en circunstancias infantiles y en motivos hallados, en recuerdos pasados e imágenes eventuales.
La alabada pareja concentra todo su ímpetu en el vaivén de quimeras surrealistas. El futuro deja de ser incierto y la muerte una amenaza, las palabras cogen todo su significado, y las promesas se cumplen, los poetas vuelven de la muerte y en el lienzo, es posible al fin, el atardecer perfecto.
El tiempo detiene su eterna marcha, acalla los tic-tac de los relojes, pierde unos segundos, y alarga otros, suspira por la vida que se escapa, se evade, desaparece, con suavidad, con lentitud, con armonía.
El artista crece suspendido sobre el resto de los sujetos que ocupa la lujosa sala y su apasionado rostro descansa entre mimoso y posesivo sobre el violín en una unión perfecta. La pausa que se toman es recibida en silencio. El público está entregado, y el violinista, desde su perspectiva, abraza a los oyentes, los envuelve en un maremoto de vibraciones que erosiona la rocosa realidad, los hunde en un mundo donde la fantasía es posible y lo real se transforma en fantasía.
La madera es desnudada en continuas caricias de las manos del maestro.
Subidas y bajadas, que alcanzan prestas, velocidades vertiginosas, obligando a todos a mantener el aliento, hasta que sin aviso, el más triste de los sonidos escapa de las cuerdas y las lágrimas caen en corrientes, formando charcos de reproches a los pies de cada uno.
El final se aproxima, las notas salen despedidas en espiral, golpean cada uno de los corazones, los espectadores se sienten caer por un precipicio de susurros de color, se elevan para caer, con precisión y envueltos ya en sus realidades, en sus butacas de terciopelo rojo. Y mientras, el mundo retoma su gravedad, los relojes suspiran tratando de alcanzar los segundos que han perdido, el silencio se hace eco del aplauso generalizado, al mismo tiempo que el violinista recoge su instrumento en su estuche, y sonríe por el viaje que acaba de tocar.







ELEGÍA DEL NIÑO MARINERO
Marinerito delgado,
Luis Gonzaga de la mar,
¡qué fresco era tu pescado,
acabado de pescar!
Te fuiste, marinerito,
en una noche lunada,
¡tan alegre, tan bonito,
cantando, a la mar salada!
¡Qué humilde estaba la mar!
¡Él cómo la gobernaba!
Tan dulce era su cantar,
que le aire se enajenaba.
Cinco delfines remeros
su barca le cortejaban.
Dos ángeles marineros,
invisibles, la guiaban.
Tendió las redes, ¡qué pena!,
por sobre la mar helada.
Y pescó la luna llena,
sola en su red plateada.
¡Qué negra quedó la mar!
¡La noche qué desolada!
Derribado su cantar,
la barca fue derribada.
Flotadora va en el viento
la sonrisa amortajada
de su rostro. ¡Qué lamento
el de la noche cerrada!
¡Ay mi niño marinero,
tan morenito y galán,
tan guapo y tan pinturero,
más puro y bueno que el pan!
¿Qué harás pescador de oro,
allá en los valles salados
del mar? ¿Hallaste el tesoro
secreto de los pescados?
Deja, niño, el salinar
del fondo, y súbeme al cielo
de los peces y, en tu anzuelo,
mi hortelanita del mar.
Rafael Alberti



~ POEMA VI ~
Te recuerdo cómo eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.
Apegada a mis brazos como una enredadera
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.
Siento viajar tus ojos y es distante el otoño.
Boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.
Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma.
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.
~ Pablo Neruda ~